"Al mundo le falta vida, al mundo le falta luz, al mundo le faltas Tú. Ven, ven, Señor, no tardes". Éstas son las palabras de uno de los cantos más hermosos de la iglesia y en este tiempo de Adviento están muy a tono para invocar la presencia del Dios y esperar su venida. El primer domingo de Adviento siempre llega como un campanazo que nos despierta. Parece que vivimos, según José Mora, muy despiertos y agitados, pero en medio de esa actividad, nuestra alma dormita. Estamos tan distraídos en tantas cosas que olvidamos lo más importante y esencial: nuestra relación con Dios, el milagro de la vida, el regalo que son nuestros seres queridos, el don de la fe, las bendiciones de Dios, la paz, la alegría, la generosidad.
La Navidad propiamente comienza en la medianoche entre el 24 y 25 de diciembre y se prolonga hasta los primeros días de enero, culminando con la fiesta de Epifanía del Señor. Comercialmente, la Navidad se anticipa y en muchas ocasiones, se reduce a comprar, vender, comer o tomar. No estoy en contra de todos esos elementos festivos, luces, comida, cantos, arreglos, regalos, estrenos, pero siempre he insistido que todo ello es signo que se justifica a partir de una fiesta que merece celebrarse: el nacimiento de nuestro Salvador, que es como el cumpleaños de la humanidad, pues si Dios se hizo hombre eso significa que ser hombre o ser mujer, es decir, el ser humano, es lo más hermoso que se puede ser en esta creación.
En nuestro tiempo hemos tratado de inventar todo tipo de luces: incandescentes, halógenas, fluorescentes, reflectores, de diferentes formas, tamaños y colores. Son útiles, pero de nada sirven cuando nuestro interior se encuentra oscuro, triste, lúgubre y tenebroso. Las luces artificiales dan una sensación de seguridad, de vida, de alegría. Cuando se va la energía eléctrica, protestamos y cuando vuelve la luz, todo es alegría.
Aunque sean hermosas, útiles y necesarias, las luces artificiales son incapaces de iluminar el interior del ser humano. Sólo Dios es el único "ingeniero eléctrico" que puede arreglar nuestros apagones, solo Él puede vencer nuestros miedos y oscuridades. Hoy Dios nos visita como un médico y como no nos encuentra del todo bien, nos prescribe los mejores medicamentos: oración, humildad, confianza en Él, compasión por los demás, generosidad, sobriedad, paciencia y laboriosidad. Al mundo le falta vida. Ven, ven, Señor, no tardes.